Mientras que te agradaba
y ningún otro joven preferido
rodeaba con sus brazos
tu blanco cuello,
florecí más feliz que el Rey de los Persas.
Horacio
Cometió impiedad contra Eleusis decís,
quienes apuráis la vida hasta las llagas
y con la infamia del patíbulo la queréis agasajar.
Podéis sentenciar el adiós a Afrodita
sobre Friné, la hetaira de Tespias,
que desde sus confines agónicos
ciñe balbuceante su túnica a la cintura
e implorante exhorta desde su silencio
a los que promueven el olvido de la Belleza.
Ahí está Poseidón custodiando sus velos,
en la playa que ahora se contempla cual desierto,
pues fue su desnudo quién inventó las olas,
los verdes líquenes, las imponentes mareas
y toda Atenas prodigó su brillante Historia
en el mar donde otrora ella sumergiera su cuerpo.
Entre la luz, empieza por decir su nombre:
Mnésareté, la que conmemora la Virtud.
Y la Muerte, indómita y fuerte, como el Amor
se fija en el apasionado discurso de Hipérides.
Se escabulle por el reclamo de los espejos,
haciéndola única ante los idolatrados dioses,
que viva y valerosa la precisan.
¡Cómo mostrar sino a los mortales la ardua soledad,
la infinitud de lo bello y la mísera justicia humana!
Una mujer sola y en pie mira a la vasta audiencia.
Siente en el paladar la frescura del aquel sabor
a tierra mojada, prendido en la boca por sus amantes.
Se yergue digna y coloca sus manos tras los cabellos,
las posa en la nuca, donde nacieron demasiadas estrellas
y se hallan los ardientes alientos de los que la amaron.
Eutias aguarda, abandonado a la voluntad del odio,
porque no hay oneroso océano que anegar pueda
la maldición de su ausencia en el lecho,
sin súplica ni mando que revocase su rechazo.
Enmudecen las sombras y los vetustos jueces,
cuando sus manifiestos senos se muestran hermosos
de entre la ansiedad y el alivio, la espera y la memoria.
Y una lucerna detiene el tiempo de Praxíteles,
que sin ella nunca atrevióse a cruzar la puerta de lo eterno.
Salvadla edades futuras: a vosotras lo reclamo,
a las últimas ágoras, a los pelasgos supervivientes.
Tornad la feroz indiferencia
de cuantos están absortos o muertos.
Alcancen inmortalidad las mujeres
ocultas por la corrupción de los siglos.
Y conceded, aun en este ínfimo latir del Tiempo,
que los dedos del Arte renazcan
para esculpir su nombre en las murallas.



